Lukaku: Tengo algo que decir

Romelu Lukaku está disputando el Mundial de Rusia 2018 con la selección de Bélgica y en el marco de la justa, el delantero del Manchester United escribió una colaboración con The Players’ Tribune en la que comparte las adversidades que enfrentó durante su niñez y que lo llevaron a ser futbolista profesionalA continuación, les compartimos la traducción del escrito de Romelu Lukaku. 
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Recuerdo el momento exacto en el que supe que estábamos en la quiebra. Todavía tengo la imagen de mi madre en el refrigerador y recuerdo la cara que tenía. 

Yo tenía seis años, iba a desayunar a la casa durante el descanso que nos daban en la escuela. Todos los días, mi mamá tenía lo mismo en el menú: pan y leche. Cuando eres niño no lo piensas realmente, pero ahora me doy cuenta de que eso era lo único que podíamos comprar. 

Un día, cuando fui a casa y entré a la cocina, vi a mi mamá en el refrigerador con el cartón de la leche, como siempre, pero en esta ocasión, estaba mezclando la leche con algo. Ella estaba temblando, saben, yo no entendía lo que estaba pasando. Al poco rato, me llevó mi desayuno y me sonrió como si todo estuviera bien, pero en ese justo momento me di cuenta de lo que estaba pasando. 

Había diluido la leche con agua, no teníamos dinero para terminar la semana. Estábamos en la ruina, no éramos solo pobres, estábamos en la quiebra. 

Mi papá había sido futbolista profesional, pero en ese momento estaba en el tramo final de su carrera y el dinero se había acabado. La primera cosa en irse fue la televisión por cable. No más futbol, no más Match of the Day, adiós señal. 

Regresaba a casa y las luces estaban apagadas. Había veces en las que pasábamos dos o tres semanas sin electricidad. 

Había veces en las que quería tomar un baño, pero no había agua caliente. Mi mamá la calentaba en la estufa y me bañaba echándome el agua con un vaso. 

También había veces en las que mi mamá pedía fiado el pan de la panadería que estaba en nuestra calle. Los panaderos nos conocían a mi y a mi hermano, dejaban que ella se llevara el pan los lunes y pasara a pagarlos los viernes. 

Sabía que teníamos algunos problemas, pero cuando la vi mezclando la leche con el agua, me di cuenta de que todo se había acabado. ¿Me entiendes? Esa era nuestra vida. 
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Yo no le dije nada, no quería causarle más estrés. Me comí mi desayuno. Pero les juro por Dios que ese día me hice una promesa. Fue como si alguien me hubiera dado una cachetada para despertarme, supe exactamente lo que tenía que hacer y lo que iba a hacer. 

No podía ver a mi madre viviendo de esa manera. No, no, no. Yo tampoco podía vivir de esa manera. 

El mundo del futbol habla de fortaleza mental. Bueno, déjenme decirles una cosa, soy la persona más fuerte que van a conocer. Recuerdo estar sentado en la oscuridad con mi hermano y con mi mamá durante la noche, rezando, pensando, creyendo y sabiendo lo que iba a pasar. 

Por algún tiempo no le dije a nadie más sobre mi promesa, pero había días en los que regresaba a casa de la escuela y encontraba a mi mamá llorando. Así que un día le dije, “Mamá, todo va a cambiar. Voy a jugar para el Anderlecht y va a pasar muy pronto. Vamos a estar bien, ya no te vas a tener que preocupar por nada”. 

Tenía seis años. 

Le pregunté a mi papá, “¿cuándo puedes empezar a jugar futbol profesionalmente”. 

Él me dijo, “a los 16”. 

“Ok”, dije. “Entonces a los 16”. 

Iba a conseguirlo, punto. 

Déjenme decirles algo, cada partido que jugaba era como una final para mí. Cuando jugaba en el parque era una final. Cuando jugaba en el recreo, en el jardín de niños, era una final. Estoy hablando completamente en serio. Trataba de reventar el balón cada vez que disparaba, el tiro salía con toda la potencia. No estaba tirando con el R1. No eran tiros delicados. Ni siquiera tenía el nuevo FIFA, ni el Playstation. Yo no me andaba con tonterías, estaba en modo asesino. 

Cuando empecé a crecer, algunos maestros y padres empezaron a molestarme. Nunca voy a olvidar la primera vez que escuché a un adulto decir, “Oye tú, ¿cuántos años tienes, en qué año naciste?”. 

Yo me quedé así de, ¿es en serio?”. 

Cuando tenía 11 años y jugaba para el equipo infantil del Lierse, uno de los padres del otro equipo, literalmente, intentó detenerme para que no entrara a la cancha. Él dijo, ¿qué edad tiene este niño?, ¿dónde está su identificación?, ¿de dónde es?”. 

Y yo pensé, ¿qué de dónde soy?, ¿qué?, nací en Antwerp, soy de Bélgica. 

Mi papá no estaba ahí, no teníamos un auto para que él me llevara a los partidos de visita. Estaba solo y tenía que defenderme. Fui por mi identificación y se la mostré a todos los padres. Todos la miraban, la revisaban y mientras lo hacían sentía como me hervía la sangre. Pensaba, “ahora voy a destrozar más a tu hijo, de por sí ya lo iba a destrozar, pero ahora, va a quedar acabado y te lo vas a llevar a casa llorando”. 
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Quería ser el mejor jugador en la historia de Bélgica. Ese era mi objetivo. No quería ser bueno, no quería ser de los mejores, quería ser el mejor. Jugaba con tanto coraje, había tantas cosas que me enojaban… las ratas en nuestro departamento, que no pudiera ver la Champions League, la mirada de los otros padres. 

Tenía una misión. 

Cuando tenia 12 años, marqué 76 goles en 34 partidos. 

Y anoté todos los goles con los zapatos de mi papá. Cuando calzamos del mismo número, empezamos a compartir zapatos. 

Un día, llamé a mi abuelo, al papá de mi mamá. Él era una de las personas más importantes en mi vida. Era mi conexión con Congo, de donde mis padres son. Estaba hablando con él por teléfono y yo le decía, “si, todo va muy bien. Anoté 76 goles y ganamos la liga. Los equipos grandes están empezando a notarme”. 

Él siempre quería saber cómo me estaba yendo en el fútbol, pero esta vez fue diferente, él me dijo, “si, que bien Rom, pero ¿puedes hacerme un favor?”. 

“Si, claro, ¿qué es?”, le dije. 

“¿Puedes cuidar a mi hija?”. 

Recuerdo haber pensado, ¿qué quiere decir el abuelo? 

“¿Mamá?, estamos bien, todo va bien”. 

Él me dijo, “no, prométemelo. ¿Lo puedes prometer? Solo cuida a mi hija, cuídala por mí y ver por ella, ¿de acuerdo?”. 

“Si abuelo, lo prometo, entiendo”, le dije. 

Cinco días después, falleció y fue cuando realmente entendí lo que quería decir. 

Me entristece mucho pensar en eso. Si tan solo hubiera vivido otros cuatro años para verme jugar con el Anderlecht, para ver que mantuve mi promesa, para ver que todo iba a estar bien. 

Yo le dije a mi mamá que todo iba a cambiar cuando tuviera 16 años. 

Me pasé por 11 días. 

24 de mayo de 2009. 

El playoff de la final. Anderlecht vs. Standard Liege. 
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Fue el día más loco de mi vida. Pero tenemos que regresar un poco porque al inicio de la temporada apenas y estaba jugando con el equipo sub-19 del Anderlecht. El entrenador me tenía en la banca y yo estaba pensando, “¿cómo demonios voy a firmar mi primer contrato cuando cumpla 16 si todavía estoy en la banca de la sub-19?”. 

Así que hice una apuesta con mi entrenador. 

Le dije, “si me pone a jugar como titular, le aseguro que para diciembre tendré 25 goles”. 

Él se rio, literalmente se rio de mí. 

“Bueno, entonces hagamos una apuesta”. 

Él dijo, “está bien, pero si no anotas 25 goles para diciembre, te quedas en la banca”. 

“Está bien”, le dije. “Pero si gano, va a tener que limpiar todas las camionetas en las que viajamos los jugadores”. 

“Trato”. 

“Y una cosa más, nos va a tener que preparar hot-cakes todos los días”. 

Fue la apuesta más tonta que pudo haber hecho. En noviembre ya llevaba 25 goles y comimos hot-cakes antes de Navidad. 

Esa es una lección para todos, nadie se anda con tonterías con un chico hambriento. 

Firmé mi primer contrato profesional con el Anderlecht el día de mi cumpleaños, el 13 de mayo. Lo primero que hice al salir, fue comprar el nuevo FIFA y contratar el cable. Ya se había acabado la temporada, estaba en casa relajándome. Pero ese año, la liga belga estuvo de locura, el Anderlecht y el Standard Liege terminaron empatados en puntos y se jugó un replay a dos partidos para definir al campeón. 
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El primer partido lo vi en casa, como un fan. 

Luego, el día anterior a la final de vuelta, recibí una llamada del entrenador del equipo juvenil. 

“¿Hola?”. 

“Hola Rom, ¿qué estás haciendo?” 

“En un rato voy a ir a jugar al parque”. 

“No, no, no, no, nada de eso. Haz tu maleta, ahora mismo”. 

“¿Cómo?, ¿qué hice?” 

“Nada, nada. Tienes que irte al estadio ahora mismo, el primer equipo te quiere”. 

“¿Qué?, ¿a mí?”. 

“Si, a ti. Vente ya”. 

Literalmente salí corriendo al cuarto de mi papá y le dije, “párate, levanta tu trasero que nos tenemos que ir”. 

Él se quedó, “¿qué?, “¿a dónde tenemos que ir?”- 

“A ANDERLECHT”. 

Nunca lo voy a olvidar, llegué al estadio, literalmente corrí hacía los vestidores, vi al encargado de los uniformes y me dijo, “niño, ¿qué número quieres”. 

“Deme el 10”. 

Jajajajajaja, yo que sé, era muy joven como para tenerle miedo al número. 

Él se quedó, “los de la Academia tienen que usar un número de 30 para arriba”- 

“Está bien, bueno, tres más seis es nueve, el nueve es un buen número, entonces el 36”. 

Esa noche, en el hotel de concentración, los jugadores del primer equipo me hicieron cantar para ellos en la cena. Ni siquiera me acuerdo de la canción que elegí, mi cabeza estaba que daba vueltas. 

A la mañana siguiente, uno de mis amigos fue a tocar a la puerta de mi casa para ver si quería ir a jugar y mi mamá le dijo, “está afuera jugando”. 

“¿Dónde?”, él le preguntó. 

“En la final”. 

Nos bajamos del autobús cuando llegamos al estadio, todos los jugadores iban con un traje, excepto yo. Bajé del autobús con el peor conjunto de pants y sudadera, todas las cámaras estaban al frente de mí. Caminamos unos 300 metros para llegar a los vestidores, un recorrido de tres minutos y justo cuando llegué al vestidor, mi teléfono empezó a sonar como loco. Todos me había visto en la televisión, me llegaron unos 25 mensajes en tres minutos, mis amigos estaban vueltos locos. 

“Hermano, ¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO EN LA FINAL?” 

“Rom, ¿qué está pasando?, ¿POR QUÉ ESTÁS EN LA TELE?”. 

Al único al que le respondí fue a mi mejor amigo. “Hermano, no se si voy a jugar, no sé que está pasando, pero sigue viendo la tele”. 

Al minuto 63 el entrenador me metió. 

Debuté con el Anderlecht a los 16 años y 11 días. 

Perdimos la final, pero yo estaba en el paraíso. Cumplí la promesa que les había hecho a mi mamá y a mi abuelo. A partir de ese momento, todo iba a estar bien. 
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Para la siguiente temporada, estaba en el último año del bachillerato y estaba jugando en la Europa League. Me llevaba una gran maleta a la escuela, para que saliendo me fuera directo al aeropuerto para tomar el siguiente vuelo. Ganamos la liga de largo y terminé segundo en las votaciones al Mejor Jugador Africano del Año. Fue una locura. 

Sabía que todo eso iba a pasar, pero nunca me imaginé que iba a pasar tan rápido. De la nada, los medios empezaron a hablar de mí, empezaron a generar muchas expectativas. Especialmente cuando se trataba de la selección nacional. Por alguna razón, decían que no estaba jugando bien con Bélgica, que nada iba como debería. Vamos, tenía tan solo 17, 18 y 19 años. 

Cuando las cosas salían bien, en los artículos me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga. 

Pero cuando las cosas no iban bien, me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga de ascendencia congolesa. 

Si no te gusta como juego, está bien, no hay problema, pero nací aquí. Crecí en Amberes, viví en Liege y Bruselas. Mi sueño era jugar para el Anderlecht, quería ser como Vincent Kompany. Puedo empezar a hablar en francés y terminar en alemán, les puedo decir algunas palabras en español, en portugués o en lingala, todo depende del barrio en el que estemos. 

Soy belga. 

Todos somos belgas y se supone que eso es lo que hace que nuestro país sea tan genial, ¿no? 

No termino de entender por qué tanta gente de mi propio país me quiere ver fracasar. En verdad que no lo entiendo. Cuando me fui al Chelsea y no jugué, se reían de mí. Cuando me fui a préstamo con el West Brom, lo mismo, se reían de mí. 

Pero esta bien. Esa gente no estuvo a mi lado cuando le echaba agua a mi cereal. Si no estuvieron conmigo cuando no tenía nada, entonces no me conocen y no pueden entenderme. 

¿Saben qué es divertido? Me perdí 10 años de Champions League mientras crecía. No podíamos pagarlo. Llegaba a la escuela y todos los niños estaban hablando de la final, yo no tenía ni idea de lo que había pasado. En 2002, cuando el Real Madrid jugó ante el Leverkusen, todos hablaban de lo mismo, “¡Dios mío!, esa volea”. 

Yo fingía que sabía de lo que estaban hablando. 

Dos semanas después, tuvimos clase de computación y uno de mis amigos descargó un video de internet y al fin pude ver como Zidane reventaba la esquina superior con su zurda. 

Ese verano, fui a la casa de mi amigo para ver a Ronaldo “El Fenómeno” en la final de la Copa Mundial. Todo lo demás que pasó en el Mundial es una historia que escuché de los niños de mi escuela. 

En 2002 llevaba zapatos con agujeros, grandes agujeros. 

12 años después, estoy jugando la Copa Mundial. 
Imagen vía: The Players Tribune

Ahora voy a jugar otro Mundial, pero ¿saben qué?, esta vez me voy a divertir. La vida es muy corta para estresarse y meterse en dramas. La gente puede decir lo que quiera de nuestro equipo y de mí. 

Pero escúchenme, cuando era niño no podíamos pagar para ver a Thierry Henry. Ahora, todos los días aprendo algo nuevo de él con la selección. Estoy a lado de una leyenda, él me dice que debería hacer, hacia donde tendría que correr y todo eso. Thierry es probablemente el único ser humano que ve más fútbol que yo. Hablamos de todas las ligas, nos sentamos y debatimos sobre la segunda división de Alemania. 

“Thierry, ¿viste la jugada del Fortuna Dusseldorf?”. 

“¿Qué si la vi? Claro que sí, no seas tonto”. 

Para mi lo es lo mejor del mundo. 

De verdad, lo único que deseo es que mi abuelo hubiera podido ver esto. 

No hablo de la Premier League. 

Del Manchester United. 

De la Champions League. 

Ni de los Mundiales. 

No me refiero a eso. Desearía que él pudiera ver la vida que tenemos ahora. Desearía poder hablar con él una vez más para decirle… 

“¿Ves?, te lo dije, tu hija está bien. Ya no hay ratas en la casa, ya no dormimos en el piso. Ya no sufre de estrés, estamos bien, todos estamos bien”. 

Ya nadie me pide mi identificación, saben cuál es nuestro apellido.

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